jueves, 28 de noviembre de 2013

The End Is Rear


A veces una charla impulsada por el efecto desinhibitorio del alcohol se convierte en declaración de principios. La verba hace su camino al andar y la elaboración de un concepto sorprende al enunciante.

En este caso fue una sorprendente declaración, con la firmeza que le imprimiría a una frase aquel que no sabiendo ni mierda trata de sonar razonable y seguro, que rápidamente se convirtió en verdad indiscutible y en una revelación insospechada: Tengo fe en la Humanidad.

Suena naif y contradictorio, sobre todo en un lugar pretendidamente misantrópico y antisocial, pero  al ser un concepto creado a medida tiene sentido en la lógica más personal.

Creo firmemente en que cada paso que damos adelante es un paso en la mejora de la humanidad, teniendo en cuenta que adelante y mejora son palabras con significantes humanos. El modo y el método son discutibles moralmente, pero el objetivo aparece en el horizonte claro y prístino.

¡Ah! ¡Para! ¿Tenes una objeción? ¿Mesianismo? ¿Pueblo Elegido?

Puede ser. Pero no hay Pueblo Elegido si no se diferencian los pueblos y no hay mesías si es el colectivo humano. Desde el primer homo que levanto la cabeza para ver por encima de los pastizales el cambio se inició, lento, contradictorio, con retrocesos y con aceleraciones. Los conceptos se complejizaron y los aplicamos a todo y a nosotros. Y ahora, como en cualquier punto de la historia, estamos en un punto medio en el desarrollo y en el cambio. Siempre es un punto medio por el objetivo siempre se adelanta.
Cada paso que damos nos acerca más a un objetivo perpetuamente equidistante y por lo tanto real y con el poder necesario para atraernos/impulsarnos.

lunes, 26 de agosto de 2013

Constitución

Son las 23 de un lunes. En 6 horas la estación Constitución va a estar llena de personas dignas. Aquellas que con conocimiento o sin él, le dan forma a los cimientos para el adagio peronista. También, cínicamente, representan la libertad que con varillas de metal soldadas a un arco prometía Auschwitz.
El trabajo libera y dignifica.
La estación de Constitución se llena de personas que vienen de un lugar mucho mas frió que al que llegan. No hace falta viajar demasiado para poder ver las estrellas una noche cualquiera, o para sentir como la temperatura baja esos 5 grados que diferencia y separa.
La gente que llega abrigada es diferente. Esta apurada. Ejecuta los movimientos al unisono, pero a destiempo. Como en un ballet extraño y moderno eligen el azar en sus movimientos y la similitud en las intenciones dirigiéndose a la salida, pero no a una sino a todas. La simultaneidad de un movimiento visto en una filmación que al ralentizarse gradualmente se convierte en acción primero, en fragmentos de momentos después y por ultimo en mera intencionalidad adivinada y formulada por nuestro sistema de pensamiento, tan acostumbrado a la predicción que da por sentado que después de cada noche viene otro día.
Soy un pagano en esa inmensa catedral de altos techos abovedados y rituales repetidos, un extranjero incomodo por no reconocerse entre pares. Un ninguneado por todos menos por mi mismo. Pero la incomodidad no es la regla. Con fórceps, la repetición de lo incomodo convierte en normal lo raro y en inalienable lo profundamente rechazado.
La falta de apatía es lo desconcertante. El triunfo de la rutina hace que algo trivial como pasar de un tren a un colectivo se convierta en algo serio y, al parecer, de vital importancia.
La dignidad es un otorgamiento, un concepto que se usa para diferenciar y separar cuando se carece de su uso como adjetivo, y para aceptar e igualar cuando se premia con el.
El trabajo segmenta, separa y entumece con su monotonía intrínseca. Es un medio para un fin y es lo que pasa en el medio, entre el principio y el fin. Iguala. Nos hace acolitos de la iglesia del tiempo continuo.

Nos hace derechos y humanos.
Nos hace dignos y libres.